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Natividad Cepeda | Los Lectores 03/12/2019
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Mi gratitud a los sacerdotes Esaú de María
Ramírez y José Jiménez Escalona: a todos
los que ayer y hoy continúan prestando
su servicio y vida.


Algunos días andando por las calles llego hasta la pequeña iglesia de un barrio sin lujos. Paso al interior y me acomodo en un banco de madera sencillo y viejo. El humilde templo edificado en la década de 1970 del siglo pasado no ha tenido la suerte de cambios en su arquitectura. Los que se marcharon han dejado paso a los que han ido llegando sin más ruido que el acto de ocupar los bancos de la iglesia para seguir orando.

Sí ha cambiado el paseo, al que da el templo, ahora es mucho más largo y a ambos lados se alzan edificios de pisos que contrastan con el barrio y su iglesia. También la gente que deambula por el paseo es diferente.

La globalización deja su sello inconfundible en pueblos y grandes ciudades al mostrar una población variopinta. En el pequeño templo, hace años, no era posible al darnos la paz estrechar la mano a un indio ecuatoriano, ni a un habitante africano. Tampoco lo era sentir el apretón fuerte de un europeo venido del norte, tan rubio y fuerte como los vikingos de las películas.

La emigración, a la que se llama globalización, nos ha deparado esa convivencia no siempre grata, aunque sin darnos cuenta, nos muestra que el ser humano sigue siendo nómada al continuar recorriendo los continentes como lo hizo en el remoto pasado.

En el pequeño templo coincidimos gentes diversas y nadie se extraña ni se siente ajeno a los demás.

El sacerdote oficia sabiendo muy bien lo que significa orar en comunidad. No hay música para el canto, ni coro para la celebración eucarística, hay unos folios repartidos por los bancos con letra impresa para todos juntos seguir con el sacerdote las plegarias. Afuera, el ruido de los coches sigue. Adentro, cada día, hombres y mujeres rezan por la paz del mundo y las necesidades de los que lo habitamos.

El sacerdote tiene una voz cercana sin aspavientos ni falsedades, hay quien dice que es demasiado claro en sus homilías, si él lo supiera no le importaría. Tiene el corazón ancho y grande como la tierra manchega donde vio la primera luz... Ha cumplido los setenta hace tiempo y conserva en su rostro la frescura de la juventud, aunque cuando se le mira al fondo de los ojos se le ve lo mucho que ha vivido y también, lo mucho que se ha dejado por esos mundos de Dios adonde fue para vivir con los pobres del mundo y volvió tan pobre como se fue y muy enfermo. Sin embargo, nada ha podido borrar la luz de su mirada, ni la fe que siente y trasmite cuando consagra, bendice y reza, solo, en medio del templo. La costumbre de celebrar no le impide demostrar el gozo que siente al hacerlo. Tampoco es ajeno a los que le acompañamos, y sin estridencias ni afectación nos saluda con la mejor de sus sonrisas y nos despide al terminar.

En la atmósfera de la pequeña iglesia queda flotando paz, y por no sé qué sortilegio, siempre, en ese templo, no se puede olvidar a los que nada tienen. Casi nadie saluda al viejo sacerdote ni se le agradece sus palabras y su dedicación a tanta gente, su enorme soledad, su renuncia a tantas cosas que él, tan sólo sabe y conoce;

Allí, en la pequeña iglesia, siempre es Navidad cada vez que bendice transformando el pan y el vino en el misterio de nuestra fe, nace Dios.

No se necesita mucho más equipaje para saber que Dios está con nosotros cada día para abrir las puertas de la Navidad.

Por supuesto que este grupo de católicos no es noticia ni se valoran los euros que dan para ayudar a gentes anónimas… Tampoco el sacerdote tiene cuentas en bancos nacionales ni extranjeros. No es un templo aislado, es uno entre muchos otros con católicos callados que dan y comparten sin voces ni gritos. Incomprensible actitud en mitad de tanto ruido y declaraciones en tribunas, estrados y focos de los poderosos señores de unos y otros bandos políticos.

Y seguimos igual pasados los años. En la iglesia se cambiaron los bancos porque estaban muy mal en su deterioro. El viejo sacerdote está en una residencia anclado en una silla de ruedas. En la misma residencia, y en silla de ruedas también, está el sacerdote que con empuje y valentía construyó ese templo para ese barrio alejado del centro del pueblo.

Ahora el sacerdote que bendice el pan y el vino celebrando la eucaristía, es joven y sencillo, humilde y cercano y debe al Banco poderoso, el préstamo que pidió para los bancos de la iglesia que, espera poder ir pagando poco a poco.

El barrio no ha cambiado su cara de obrero y trabajador.

En el templo a diario, somos pocos, pero fieles. Los fines de semana el templo se llena de feligreses de todas las edades y los niños cuando rezamos el Padrenuestro suben al Altar Mayor a rezarlo con el sacerdote. Todos somos ignorados por los que ocupan cabeceras de periódicos digitales y de papel: todos oramos por la paz y la concordia de los pueblos con esperanza y fe, a pesar de los nefastos gobernantes que juegan con nosotros como si fuéramos fichas de peones en un tablero de ajedrez.

Algunos días me llego andando hasta ese templo igual que hace años y dentro encuentro orando a cristianos anónimos con la misma fe de los que se marcharon eternamente creyendo en Dios.

Natividad Cepeda



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